Para conseguir una sola cucharada de miel, una abeja necesita visitar hasta 20 mil flores. Detrás del frasco dorado que llega a nuestras mesas, existe un mundo de ingeniería natural y un arduo trabajo por parte de los apicultores laguneros. Maricruz Orona, apicultora local, nos adentra en esta “mini ciudad” donde obreras, zánganos y reinas trabajan en perfecta sincronía para sostener los ecosistemas.
Sin embargo, el equilibrio de la colmena es sumamente frágil. Los productores enfrentan desafíos constantes: desde las fuertes picaduras y los cambios climáticos, hasta el combate de enfermedades graves como la Varroa (un ácaro mortal para las abejas).
A esto se le suma la inversión en cera, alimento y la lucha diaria contra la venta de mieles artificiales y el regateo. Pedro Silva, apicultor, recuerda a la ciudadanía que la apicultura no solo es un negocio, sino una labor vital de conservación que merece todo nuestro respeto y su precio justo.
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