El uso de la inteligencia artificial (IA) como confidente o terapeuta personal representa un riesgo legal significativo, según advirtió Guillermo Pérez Bolde, director de la agencia Mente Digital. El experto señaló que, a diferencia de los profesionales de la salud mental, los sistemas automatizados de chat carecen de secreto profesional, lo que permite que cualquier información compartida sea revelada a las autoridades si existe un requerimiento legal en la red.
El caso de Bradley Hefner: un precedente en Nueva York
Un ejemplo contundente de este riesgo ocurrió recientemente en el estado de Nueva York, donde un hombre identificado como Bradley Hefner fue procesado utilizando sus propios chats con una IA como evidencia. Hefner, acusado de estafa financiera, utilizó una herramienta de inteligencia artificial para preparar su defensa, exponiendo en el proceso sus acciones y estrategias. El juez dictaminó que estos diálogos podían ser tomados como una confesión de los hechos, obligando a la empresa proveedora a revelar los registros como prueba fundamental en el juicio.
La trampa de los términos de servicio
Al aceptar los términos y condiciones de uso de cualquier sistema de IA, el usuario renuncia implícitamente a su privacidad, autorizando que sus datos sean almacenados y compartidos con la compañía o con instancias gubernamentales. Pérez Bolde enfatizó que la interacción con estos sistemas elimina la confidencialidad, ya que todo lo escrito en estos chats puede ser usado en contra o en defensa del usuario en un tribunal. La ausencia de un marco legal que proteja la relación "usuario-máquina" deja a las personas en una situación de vulnerabilidad extrema ante procesos legales.
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La IA no sustituye al psicólogo profesional
El especialista instó a la población a mantener la cautela y recordar que hablar con una inteligencia artificial no sustituye la consulta con un profesional titulado. Debido a que muchos usuarios ven en estos chats una alternativa accesible para tratar temas sensibles o de salud mental, terminan entregando información que podría comprometer seriamente su libertad. Es fundamental comprender que no existe una obligación de confidencialidad por parte de los algoritmos, lo que convierte a las revelaciones íntimas en datos públicos potenciales si la justicia así lo solicita en internet.
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