Ojalá las palabras de López se hubieran quedado en discursos, pero fueron parte de su forma de gobernar.
Con esa visión, colocó en el sector educativo a personajes como Marx Arriaga, Luciano Concheiro y Sady Loaiza.
Respaldados por funcionarias como Delfina Gómez y Leticia Ramírez, impulsaron los nuevos libros de texto y la Nueva Escuela Mexicana.
Un modelo cuestionado por su carga ideológica y por posturas como las de Arriaga, quien llegó a cuestionar la lectura por placer.
Y para sus críticos, Delfina Gómez terminó siendo uno de los rostros de esa visión.
Ahí están las consecuencias: una educación en la que se dejó de priorizar la evaluación y el desempeño.
Y, según el señalamiento, López impulsó el colectivismo con un propósito político: una sociedad menos preparada, sostenían sus críticos, podría ser más fácil de convencer en las urnas. Hoy aseguran que se están viendo las consecuencias.












